Tirarse detrás.

Hay una frase con la que los padres creían cerrar para siempre cualquier discusión, un jaque mate de sobremesa que soltaban con la satisfacción del que cree haber inventado él solo la lógica aristotélica: «Y si tu amigo se tira por un barranco, ¿tú te tiras detrás?». La pronunciaban seguros de que no había réplica posible, de que cualquier hijo con dos dedos de frente reconocería al instante lo absurdo de la cosa y bajaría la cabeza, vencido por la evidencia. El problema, lo que ninguno de ellos sospechó jamás mientras lo decía limpiándose la boca con la servilleta, es que la respuesta era sí. Que con catorce años, sí, te tiras detrás. Y no solo te tiras: rezas para que te toque tirarte el primero, antes de que se te note en la cara que preferirías estar en casa haciendo algo tan antinatural como hablar con tus padres.

Esto pasaba en un descampado a las afueras, en una explanada que el verano había dejado dura como el cemento y que alguien, en algún momento de la prehistoria, había bautizado como Los Olivos. Generalmente los sábados por la tarde, cuando media docena de nosotros juntábamos las motos de cincuenta, mi Cota 49, la Derbi Variant de uno, la Puch Minicross del «Daivid», la Zündapp del Matías, y, presidiéndolo todo, la Bultaco Sherpa heredada de un hermano mayor, que era la envidia de todos porque le sacaba quince caballos más a las nuestras y eso era oro molido. Íbamos allí, recuerdo, cuando no íbamos a ningún lado. Íbamos a mirarnos. A establecer, con la solemnidad de un cónclave, quién era el que se atrevía y quién el que ponía excusas, porque a esa edad la jerarquía no se hereda ni se vota: se gana subiendo una rampa imposible con rodaderas sueltas a media pendiente, esas piedrecillas traidoras que te quitaban el agarre justo cuando más lo necesitabas y convertían cualquier subida en una ruleta.

La dialéctica era cruel y silenciosa. Por un lado, el miedo, que era razonable, que tenía toda la razón del mundo, que sabía perfectamente que aquello podía acabar con la clavícula partida o, peor todavía, con el carenado rayado de una moto que había pagado tu padre y por la que ibas a responder durante años. Por otro, el cálculo, mucho más poderoso que el valor: la certeza de que si te bajabas y mascullabas eso de «es que se me ha aflojado no sé qué», o «es que no me funciona el nosecuántos», todos asentirían con la boca y ninguno con los ojos, y bajarías un peldaño en un escalafón que importaba más que las notas, más que las chicas, más que nada. Así que te tirabas. Te tirabas por aquel barranco, no porque fueras valiente, sino porque la cobardía cotizaba a la baja y no estabas dispuesto a venderte tan barato.

Y aquí viene lo que mis padres nunca entendieron, lo que sigo sin saber explicarles: tenían razón en el verbo y se equivocaban en el sustantivo. Sí me tiraba detrás. El barranco, visto desde aquí, era un terraplén de un par o tres de metros que el pánico inflaba hasta convertirlo en el Dragón Khan, la montaña rusa más peligrosa a este lado del Misisipi. Y lo raro es que lo que te empujaba a tirarte por la rampa no tenía nada que ver con lo que te quitaba el sueño por la noche. Tirarte, te tirabas por los amigos. Pero a las tres de la mañana ya no estaban ellos: estaba el arañazo del depósito y la cena del domingo, tu padre preguntando como quien no quiere la cosa qué le había pasado a la moto, y tú respondiendo con una historia tan detallada que sonaba a inventada justo por eso, con tal de no confesar que te habías tirado por un barranco detrás de tu amigo. Que era, exactamente, lo que él te había dicho que no hicieras.