El viernes por la tarde recogí la moto eléctrica con la actitud del hombre moderno que quiere ser mejor persona sin renunciar a sus vicios. Ecología, eficiencia, futuro, y que no se note demasiado que el vicio de la adrenalina sigue ahí, negándose a jubilarse.
La moto era bonita en el sentido en que son bonitas las cosas nuevas: líneas limpias, pantalla grande, plásticos que todavía no han conocido la humillación del sol ni el roce del asfalto, y un manual mental de instrucciones que te llega solo con mirarla, como si el diseño dijera: «no te preocupes, yo me encargo, tú solo súbete y no estropees nada». Me puse el casco, me subí, apreté el botón, y pasó lo primero que me descoloca de una eléctrica: nada. Nada de arranque, nada de vibración, nada de ese pequeño temblor del motor que te dice «estoy vivo».
En una gasolina, cuando todo va bien, hay un ritual que parece absurdo pero funciona: el olor, el sonido, la espera mínima, ese segundo en que la moto se prepara. Aquí no. Aquí la moto no se prepara: ejecuta. Es una diferencia sutil, pero es la diferencia entre un animal y un electrodoméstico. Salí del garaje con la precisión de un dron. Aceleré. La respuesta fue instantánea, quirúrgica, impecable. Una patada de par tan limpia que te hace pensar, por un instante, que has estado viviendo en la Edad de Piedra y que por fin alguien ha inventado el fuego.
El problema es que el fuego es como de mentira, una de esas chimeneas de etanol.
Durante el sábado hice lo que se supone que hay que hacer cuando te dan una moto un fin de semana: ruta. Carretera secundaria, curvas, mirador, café malo en un bar de carretera, la clásica coreografía del motero civilizado que no quiere parecer un motero pero necesita sus hitos. Y todo funcionó. Como un funcionario japonés.
No hay cambios. No hay embrague. No hay «a ver si entra». No hay ese momento en el que el motor protesta, como un perro viejo al que le pides que suba escaleras. Y eso, que para un adulto responsable debería ser una bendición, me reveló algo que no debería confesar si quisiera parecer sensato: una parte de mí echa de menos el margen de fallo, porque el margen de fallo, en moto, es también margen de emoción. La moto eléctrica no te pide complicidad: te pide que no la molestes.
Lo que ganas es indiscutible. Eficiencia. Suavidad. Respuesta inmediata. Cero vibración. Cero calor entre las piernas, que en verano en Madrid es un dato que debería ser considerado patrimonio de la humanidad. Y un silencio que, en ciudad, tiene algo de superioridad moral: tú avanzas y el resto del mundo sigue sonando a tubo de escape y a resignación. Hasta el viento suena más fuerte, como si el aire se hubiera enterado de que ahora es protagonista.
Pero el sábado por la noche, volviendo a casa, me encontré con la escena que me terminó de explicarlo todo. Me paré en un semáforo junto a un chaval en una 250 de gasolina, una naked de las que suenan a lata enfadada, casco de marca barata, mochila de reparto, y lo miré por el rabillo del ojo con esa mezcla de ternura y condescendencia que uno intenta disimular porque queda fatal. El semáforo se puso en verde. Yo salí disparado, claro. Sin esfuerzo, sin ruido, sin drama. Y al mirar por el retrovisor vi al chaval dándole gas como si estuviera arrancando una motosierra, la moto vibrando, el cuerpo echándose hacia delante, peleando con el embrague, ese pequeño teatro mecánico que, objetivamente, es ineficiente y, subjetivamente, es vida.
Y me pillé sintiendo algo muy feo: envidia.
Envidia de la imperfección.
Ahí me vino la comparación inevitable, la que suena vulgar pero es bastante exacta si uno se quita la vergüenza: conducir una moto eléctrica es como masturbarse con una ordeñadora eléctrica. Sí, claro: es eficaz, rápido, limpio, casi industrial. Sí, claro: cumples el objetivo con una disciplina que haría llorar de emoción a un ingeniero de procesos. Pero hay algo profundamente desangelado en que el placer esté tan bien optimizado, tan garantizado, tan libre de torpezas, de ruido, de fricción, de ese pequeño caos que te recuerda que estás participando, no solo recibiendo.
La moto eléctrica te da todo sin pedirte nada. Y eso, que debería ser el sueño de cualquier adulto agotado, se convierte en una especie de tristeza elegante: la sensación de que no estás conduciendo, estás gestionando un desplazamiento. Vas por la carretera como un cirujano: precisión, control, ausencia de drama. Lo excitante no es lo que ocurre, sino lo poco que ocurre.
El domingo, para rematar la contradicción, me obsesioné con lo que todo el mundo hace con una eléctrica: la batería. Empecé a mirar porcentajes como quien mira el saldo del banco cuando se acerca fin de mes. Calculé kilómetros. Ajusté modos. Hice cuentas mentales. La moto me había convertido en contable de mí mismo. En lugar de pensar en la curva, pensaba en el 37%. En lugar de oír el motor, oía una cifra.
Cuando la devolví el lunes por la mañana, agradecí su eficiencia con la misma sinceridad con la que uno agradece una silla ergonómica: me ha mejorado la vida, pero no me ha enamorado. Y lo más incómodo, lo que me cuesta admitir sin que parezca una pose, es que entendí que mi relación con las motos nunca fue racional, nunca fue «transporte»: era un pacto con una máquina imperfecta que te exige atención, te castiga si vas de listo y te recompensa si estás presente.
La eléctrica, en cambio, no negocia. No seduce. No te amenaza. Te soluciona.
Y yo, que aparentemente soy una persona adulta que debería celebrar que por fin algo funciona sin sobresaltos, me descubrí pensando una frase ridícula al bajar del asiento: «No estoy preparado para vivir en el futuro» Porque supongo que es así como será: impecable, silencioso, eficiente.
Y un poco frío, como una caricia con guantes.
