Algo que escribir

Salí con la idea romántica (esa enfermedad leve que te da cuando has dormido ocho horas seguidas)  de hacer un viaje en moto “para escribir algo para el blog”, que es como decir “voy a correr una maratón para respirar profundo”, y bajé al garaje con la solemnidad del que va a bautizar a un hijo, a encontrarme con mi R1 que lleva meses mirándome pasar de largo hacia el coche, como miran los perros cuando len engañas cuando haces que les lanzas una pelota pero la escondes detrás de la espalda.

Necesitaba una historia. Un cuento, un post, un algo con principio y final para el blog, que es la manera contemporánea de pedirle a la realidad que se comporte como una serie de HBO y no como lo que es: un Excel de ventas.

Yo todavía no sabía que el clímax del día no iba a estar en una curva perfecta, ni en un atardecer cinematográfico, ni en una gasolinera de carretera con un camionero recitando a Machado, sino en una cosa mucho más pequeña, mucho más ridícula y por eso más real.

Arranqué. El motor hizo ese ruido que te reconcilia con el mundo durante tres segundos, y salí hacia la carretera con una libreta Moleskine, porque uno también se engaña por marcas, y cree que un cuaderno caro convierte cualquier pensamiento en literatura, un boli Bic y un kit repara pinchazos de Pont Grup que jamás he utilizado, pero que siempre llevo en la moto.

La moto, en cambio, parecía tener un plan: el de recordarme que yo no controlo casi nada, y que mi autoestima depende de una máquina con tornillos.

A los veinte kilómetros, en una recta de marca blanca, noté el primer síntoma. Una vibración mínima, como si alguien me estuviera avisando desde el futuro con una señal. “Nada”, pensé, porque mi talento principal es negar señales hasta que es demasiado tarde. Seguí. El paisaje se volvió ese paisaje de España que no sale en los folletos: naves industriales, una rotonda con una escultura incomprensible, un bar llamado “El Rincón” que tiene la misma carta en todas las provincias del país desde 1973. La moto insistía. Y yo insistía más en no hacer caso de las revelaciones sonoras.

Entonces ocurrió: un clic seco y un sonido arrasrado: carrrrraaaccccccc.

Lo sabía, pensé, y es verdad que lo sabía, lo venía sabiendo desde los últimos 5 o 6 kilómetros. Me orillé en el arcén, y apagué el motor. Silencio. Un silencio raro, porque el silencio cuando paras en moto junto a una carretera es muy ruidoso. Fiuuuu, fiuuuuu los coches pasan zumbando y suena, imagino, como lo que escuchan las moscas cuando una mano les pasa rozando sin atraparlas.

Bajé, me quité el guante, y ahí estaba el detalle que cambió todo: faltaba un tornillo. Un tornillo del soporte de la matrícula, una tontería, una pieza de nada. Me hizo gracia. Me reí de mí, que había imaginado un cuento épico sobre libertad y carretera y acababa frente a una matrícula torcida. Busqué herramientas. No tenía. Porque claro. Uno puede pensar en pinchar, pero no en que se te caiga un tornillo. Por qué las motos ya no llevan un pequeño juego de herramientas. No digo una delga para hacer un reglaje de válvulas, pero un algo, sí que deberían. Me acerqué al bar “El Rincón” y pedí un café.

—¿Te pasa algo?

Le dije que había perdido un tornillo y en vez de hacer un chiste malo hizo un diagnóstico médico filosófico

—Esto es nada —sentenció—. Lo que pasa es que “nada” en carretera se convierte en “todo”.

Sacó de un cajón una caja con tornillos, arandelas, restos de un llavero, guita, monedas de uno y dos céntimos, y un trozo de cable.

Mira a ver si te sirve algo de aquí o la atas con trozo de cable. Que los de ahora os ahogáis en un charco. Yo tuve una Sanglas, y lo dijo cómo si eso fuese el equivalente a un titulo de mecánica avanzada.

Le puse el cable a la matrícula y al hacerlo, sentí algo que no esperaba: una especie de cariño. No a la moto como objeto de catálogo, no ese amor publicitario que se compra con financiación, sino a la moto como compañera vulnerable, como recordatorio de que el viaje no es la postal, sino el pequeño fallo que te obliga a hablar con alguien, a pedir ayuda, y a tener una historia, por ridícula que parezca que recordar.

Había salido buscando una historia épica para el blog, volvía con una historia minúscula, que es lo único que se parece de verdad a la vida. Entendí que a veces en la vida la épica suele tener forma cable, y que eso, te salva de escribir como un folleto.

Llegué de vuelta a casa sin una historia legendaria, aparqué, miré la matrícula, y pensé: bueno, ya está. Ya tengo el cuento. Lo peor es que me gustó más la anécdota que el viaje.