Voy a hacer aquí una defensa que nadie me ha pedido y que probablemente no debería hacer, porque el que la hace queda como alguien con problemas emocionales o con demasiado tiempo libre, que en mi caso son ambas. La tesis es sencilla: enamorarse de una motocicleta es superior, en términos prácticos y también en términos sentimentales, a enamorarse de una persona. Lo voy a defender con argumentos. No porque lo crea del todo, sino porque estoy seguro.
Empecemos por lo básico. Una moto no te manda un audio de once minutos para explicarte cómo se sintió el jueves. Una moto no tiene una relación complicada con su madre que de alguna manera termina siendo tu problema. Una moto no cambia de opinión sobre dónde ir a cenar cuando ya has aparcado. Estas son ventajas objetivas que cualquier persona que haya estado en una relación de más de dos años puede verificar sin necesidad de contexto adicional.
Pero lo interesante no es eso. Lo interesante es que una moto también exige. Te exige atención, te exige presencia, te exige que la mantengas, que no la descuides, que cuando empieza a hacer un ruido que no hacía antes le prestes atención en lugar de fingir que no lo has oído. En esto se parece bastante a una persona. La diferencia es que cuando la moto hace ese ruido, hay un mecánico que puede decirte exactamente qué es y cuánto va a costarte arreglarlo. Las personas no traen ese servicio incluido.
La traición, también, es cualitativamente distinta. Una persona puede enamorarse de otra persona, puede mentirte, puede un día mirarte y decidir que ya no quiere estar contigo. Una R1 no se enamora de nadie. Una R1 está ahí, con sus defectos perfectamente documentados en foros de internet donde hombres con nombres de usuario como MotoVeterano67 llevan años advirtiéndote de los mismos fallos de fábrica, lo cual es un nivel de transparencia que ninguna relación humana puede ofrecerte.
La gente que se enamora de motos tiene mala prensa. Se nos ve como huidos de algo, como personas con dificultades para la intimidad que han sublimado el afecto en litros y caballos. Puede que haya algo de eso. Pero yo conozco parejas de veinte años que se miran con menos ternura de la que le echo yo a una Mv Agusta en un concesionario sabiendo que no me la voy a comprar. Y eso, aunque no sé muy bien qué dice de mí, dice algo.
El amor a una moto termina cuando tú quieres que termine, o cuando te la roban, que es la única forma de abandono que resulta completamente ajena a tu comportamiento previo. Todo lo demás, el mantenimiento, el desgaste, incluso el accidente, tiene una lógica. Una causalidad. El amor a las personas, en cambio, termina sin previo aviso un miércoles cualquiera por razones que los dos implicados tardarán años en entender y probablemente no entenderán del todo nunca.
No digo que sea mejor. Digo que es más coveniente. Y en este mundo, con las opciones que hay, la conveniencia tiene un valor que no debería subestimarse.
