Salieron de madrugada porque en España la madrugada es el único territorio que todavía no ha sido colonizado por el ruido, los grupos de WhatsApp y las conversaciones sobre hipotecas, y también porque hay una ilusión infantil en creer que si sales antes de que amanezca la vida no te reconoce y te deja pasar, como si el día fuera un portero de discoteca y tú pudieras colarte por la puerta de atrás con un casco bajo el brazo.
Iban dos motos, no por épica sino por inseguridad compartida: una Yamaha Tracer 7 con las maletas laterales llenas de cosas inútiles, un chubasquero regalo de Pont Grup que jamás ha usado, guantes de repuesto, una multiherramienta que nadie sabe manejar, un kit para reparar pinchazos, también regalo de Pont Grup y medio y dos metros de cable por si se le rompía el del acelerador y que llevaba como si fuera un amuleto.
La otra moto era una antigua “Kawa zx 10 Tomcat. El Porsche 928 de las motos” así, todo junto, de una tacada, que es como como lo decía siempre mi amigo que, ademas, insistía en llevarla “por sensaciones”, como si las sensaciones no fueran casi siempre una forma elegante de decir “no tengo para comprarme una nueva”.
El grupo era pequeño porque los viajes grandes en moto se arruinan con facilidad: demasiadas paradas, demasiadas opiniones, demasiadas personas tratando de convertir cada curva en un manifiesto.
No sabían exactamente a dónde iban. Dijeron “hacia el norte”, y se metieron en la A-1 con el cielo todavía negro, las farolas haciendo ese efecto de túnel de videojuego barato, la ciudad quedándose atrás como una ex que te sigue escribiendo. Al principio todo era técnica: el cuerpo colocándose, el ritmo del motor, el olor a gasolina. Luego, sin darte cuenta, llega lo otro: esa forma de introspección que no te sale sentado en un sofá, porque el sofá te conoce demasiado y la carretera, en cambio, te permite mentirte a gusto.
En la primera gasolinera, una Moeve, qué horrible ese cambio de imagen de Moeve, alguien debería pagar por eso, y no me refiero a la factura que le debieron pasar a Cepsa.
La estación de servicio, tenía todo lo que uno puede esperar de esos Disney para los viajantes por carretera: un café imbebible, tienda de souvenirs industriales, bocadillos tristes y esa luz blanca que hace que todo el mundo parezca culpable,— Ellos pararon a por café. El café sabía a castigo, pero calentaba las manos, y a esas horas eso es casi un argumento filosófico. Un camionero desayunaba de pie, mirando a ningún sitio, y el amigo de la Kawa dijo algo sobre “la libertad”, esa palabra que a mí me da urticaria porque siempre la pronuncia el que tiene prisa por romantizarlo todo.
Siguieron. Pasaron Somosierra cuando el amanecer empezaba a manchar el horizonte, y la niebla se quedó colgando en los pinos como una cortina mal puesta, y ahí la carretera cambió de temperatura, cambió de sonido, cambió de intención, y de pronto uno entiende por qué la gente se va: no por odio a su vida, sino por curiosidad de saber si existe otra versión de sí mismo fuera de su rutina, una versión menos agobiada, menos pendiente de contestar correos, menos consciente de su propia edad.
Lo que nadie te dice de las carreteras españolas es que no tienen el glamour largo y recto de la América de Kerouac; aquí todo es más humilde, más torcido, más lleno de pueblos con rotondas nuevas y bares viejos, más lleno de trazados que parecen diseñadas por un funcionario con resentimiento. Pero esa falta de grandiosidad tiene una ventaja: no te permite ponerte épico. En España, la carretera te baja los humos. Te obliga a mirar detalles. Te obliga a parar.
Pararon en un bar de carretera con nombre de batalla: “El Cruce”. Dentro olía a plancha, a limpieza con lejía, a tostadas. Sonaba una televisión con tertulia política, esa música ambiental que te recuerda que el país siempre está a punto de romperse, incluso cuando tú solo quieres un pincho de tortilla. Una señora servía cafés sin demasiado esmero, cafés de trámite. Y en una mesa, un hombre mayor con chaqueta de cuero gastada, no la chaqueta de “motero” de catálogo, sino la de “He pasado más tiempo arreglando motos de lo que tú llevas con carnet”, miraba por la ventana hacia las motos como si estuviera viendo un certamen de Miss Mundo.
Ahí ocurrió la revelación, y fue ridícula, por supuesto. El amigo de la Kawa salió primero y la moto no arrancó. Intentó una vez, dos, tres. Nada. Ese silencio de motor muerto en un parking de gravilla es un silencio que te hace sentir observado por todo el universo, aunque nadie te esté mirando. Se quitó el casco con un gesto brusco, como si el casco tuviera la culpa, y soltó una frase que sonó demasiado íntima para ser dicha en voz alta:
—!Nich!
Un chasquido de la lengua que describe con más elocuencia que un ensayo lo hasta las narices que estás de una cosa.
Y ahí, entre el bar “El Cruce”, la televisión gritando, y una Kawa que no quería seguir, entendí lo que yo no “debería” sentir y sin embargo sentí con claridad: un alivio. No por su avería, sino por esa frase. Porque en los viajes siempre hay un momento en que alguien rompe el guion del disfrute obligatorio y dice algo verdadero. Y cuando alguien dice algo verdadero, el viaje empieza de verdad.
Abrimos el asiento, miramos fusibles, tocamos cables con una solemnidad absurda, como si supiéramos. El tipo de la chaqueta de cuero, se acercó y dijo “A ver”, y sacó de su mochila un arrancador portátil, uno de esos aparatos negros que parecen una powerbank con esteroides. Lo conectó con la naturalidad de quien ha visto el mundo real, no el mundo ideal. La Kawa tosió, dudó, y arrancó. El amigo respiró como si acabara de salvar un matrimonio.
Nos miramos los tres, yo, mi amigo, el viejo del arrancador, y hubo un instante de camaradería sin épica, sin fotos, solo gente que se ayuda porque sí, porque a veces lo único que te sostiene en la carretera no es más que la logística compartida.
Volvimos a salir. La carretera hacia Burgos se abrió con su paisaje de campos amarillos, molinos eólicos, y esa luz de invierno que hace parecer que España merece la pena. Y mientras el motor zumbaba, yo pensaba en Kerouac y en su fiebre americana, y me daba risa intentar copiar esa sensación aquí, entre un cartel de “Hostal” y una señal de “Área de Servicio”, pero también me daba una paz extraña: quizá no hace falta una Ruta 66 para sentir que te estás moviendo; quizá basta con que algo se rompa, alguien te diga una verdad fea, y tú sigas, no hacia el norte ni hacia ningún lugar mítico, sino hacia adelante, que ya es bastante.
Cuando, ya más tarde, paramos en un mirador cutre con vistas a un valle bonito de verdad, no hicimos la foto típica. Nos quedamos en silencio. El amigo encendió un cigarro, aunque había dejado de fumar, porque los viajes también sirven para permitirte pequeñas recaídas sin juzgarte. Y yo pensé, con esa ironía que me salva de ponerme cursi, que la introspección en la carretera no es una iluminación: es un ruido constante de casco, viento y motor que, de repente, te deja oír una frase sencilla dentro de ti, una frase que no suena a literatura, suena a realidad.
La frase fue: “No estás buscando otra vida. Estás buscando un ritmo”.
Y la moto, que es el mejor metrónomo del mundo, siguió marcándolo.
