Setenta y tres kilómetros

No es una moto bonita. Conviene decirlo cuanto antes, antes de que alguien se imagine una Bimota al atardecer o una de esas MV Agustas que salen en los anuncios de relojes que no me podría permitir ni a plazos: es una Yamaha YBR 125 de hace quince años, color rojo que ya tira a salmón cansado de ir a contra corriente, con un arañazo en el depósito que me hice yo solo en un aparcamiento, sobrio, a plena luz del día, y con un retrovisor izquierdo que sujeta una brida porque la rosca se rindió antes que yo. La gente que sabe de motos la mira como se mira a un primo que ha venido mal vestido a una boda. Y yo la quiero de una manera que me da un poco de vergüenza confesar, porque querer a una máquina es de hombre solo, y yo no estoy solo, yo es que estoy a setenta y tres kilómetros.

Setenta y tres kilómetros es lo que hay entre su ciudad y la mía, una cifra que me sé mejor que mi propio número del DNI, una distancia que en coche sería una tontería y en tren sería caro y en autobús sería una hora y cuarenta con una parada en un pueblo que no le importa a nadie, y que en la YBR es exactamente cincuenta y cinco minutos si no hay viento y si no me da por pararme en el Galp del kilómetro cuarenta a tomarme un café de máquina en vaso de plástico y un bocadillo de tortilla que está siempre un poco frío por dentro, como debe estar, porque las cosas que uno hace por costumbre funcionan mejor cuando no están del todo bien.

Habría que decir aquí algo bonito sobre cómo la moto nos une, sobre cómo dos personas humildes son capaces de sostener un amor con ciento veinticinco centímetros cúbicos de buena voluntad, y la verdad es que sí, que es eso, que sin la moto no habría manera, porque ninguno de los dos tiene coche ni planes de tenerlo ni el sueldo que hace falta para tener planes. Pero contarlo así, con la musiquita de fondo, sería mentir un poco. La moto no es romántica. La moto es frío en las manos en febrero a pesar de los guantes de Decathlon que compré rebajados, es el culo dormido a la altura del kilómetro treinta, es el miedo educado y constante a los camiones, es llegar con el pelo aplastado por el casco y oler a gasolina en un abrazo que ella, que es más buena que yo, finge que le gusta. Lo que nos une no es una postal. Lo que nos une hace ruido, gasta y huele.

Y aquí viene lo que no debería decir, lo que llevo tiempo masticando en esos cincuenta y cinco minutos en los que uno, encima de una 125, no puede mirar el móvil ni poner música ni hacer nada que no sea pensar y vigilar la carretera. Lo que no debería decir es que a veces tengo la sensación de que la moto no es lo que mantiene a flote lo nuestro, sino lo que nos salva de tener que comprobarlo. Porque mientras haya setenta y tres kilómetros de por medio, mientras yo tenga que hacer un viaje todos los viernes para verla, lo nuestro tiene épica, tiene esfuerzo, tiene un sentido que se mide en kilómetros y en facturas de Cepsa. La distancia nos hace héroes baratos. Y eso, según parece, basta.

El día que me di cuenta no fue un día importante. Fue un martes cualquiera en que la YBR estaba en el taller, se le había muerto la batería, una muerte poco gloriosa, sin épica, como que te salte una biela o dobles el chásis de un salto, y yo cogí el autobús, el de la hora y cuarenta con parada en el pueblo de nadie, y llegué a su casa más rápido de lo que esperaba, descansado, sin oler a gasolina, con el pelo entero. Y fue raro. Fue bien, quiero decir: ella estaba igual de contenta, yo estaba igual de contento, cenamos lo de siempre y vimos lo de siempre y todo funcionó exactamente como tenía que funcionar. Pero llegué demasiado limpio. Llegué sin haber pagado el peaje invisible que yo creía que era el amor. Y me pasé toda la cena con un pensamiento incómodo cruzándome por detrás de la sonrisa, que era este: ¿y si lo que se nos da bien no es estar juntos, sino llegar?

Al día siguiente recogí la moto. El de la batería me costó cuarenta euros que no tenía y me los dejé encantado, con un alivio que no supe explicarme entonces y que ahora sí: pagué por que volviera la distancia. Volví a colocarme el casco con el plástico interior que huele a mí, volví a meter los setenta y tres kilómetros entre los dos como quien echa el cerrojo a una habitación en la que no quiere entrar todavía, y arranqué.

En el Galp del kilómetro cuarenta, el bocadillo de tortilla seguía un poco frío por dentro.