Cuando los profesionales se pican, no se pican como los demás.

En el mundo del motociclismo, las rivalidades no son solo parte del espectáculo, sino el propio espectáculo. En el mundial las rivalidades no solo se deciden en la pista, sino que a menudo trascienden a la vida cotidiana de los pilotos, y a los resultados de las audiencias. Cuánta mayor es la rivalidad entre los pilotos, mayor es el número de espectadores y más camisetas se venden. Los abrazos entre pilotos están muy bien, pero si en el abrazo se aprovecha para apuñalar metafóricamente al rival, la cosa se pone mucho mejor. Aunque no queramos reconocerlo en público, un buen pique nos gusta a todos, nos gusta comentar y recordar los grandes piques de la historia. Así que vamos a ello, por si alguien saca el tema en la cocina de la oficina tomando un café.

Comencemos con el duelo épico entre Valentino Rossi y Marc Márquez. Aquí no hablamos solo de dos pilotos, sino de dos eras que se enfrentaron en 2015. Rossi, el veterano con la astucia de un zorro, contra Márquez, el joven león con una agresividad que solo la juventud puede ofrecer. El clímax de esta ópera de dos actos llegó en Malasia, donde Rossi, en un momento de pasión que solo un italiano podría entender, tiró a Márquez al suelo. No fue un simple error, fue un acto de guerra, y aunque Rossi perdió el campeonato, ganó un lugar en la leyenda de las rivalidades.

Y hablando de leyendas, ¿qué decir de Jorge Lorenzo y Dani Pedrosa? Aquí no había solo competencia, había un desprecio mutuo que se palpaba en el aire. Lorenzo, con su estilo frío y calculador, contra Pedrosa, el piloto que siempre parecía estar a punto de ganar pero nunca lo hacía. Su rivalidad no fue solo en la pista; en el podio, ni siquiera se miraban. Hasta que el Rey Juan Carlos tuvo que intervenir para forzar un apretón de manos que ninguno quería dar.

Luego está Márquez y Lorenzo, donde el joven prodigio se encontró con el campeón en ejercicio. Aquí, la rivalidad no fue solo de choques en pista, sino de egos y estilos de vida. Cuando Márquez adelantó a Lorenzo en Jerez, no fue solo una maniobra, fue una declaración de intenciones. Lorenzo, ofendido, negó el saludo en el podio, un gesto que resonó más allá de la bandera a cuadros.

Y no podemos olvidar a los veteranos de los 90, Mick Doohan y Álex Crivillé. Aquí, la rivalidad no era solo deportiva, era una cuestión de honor. Doohan, con su dominio y su fama de no siempre jugar limpio, contra Crivillé, el español que con paciencia y estrategia, logró su campeonato. La tensión entre ellos era tan palpable que hasta el ambiente en el box de Honda se volvía eléctrico.

Finalmente, los estadounidenses Wayne Rainey y Kevin Schwantz, que en los 80 y 90 nos dieron una lección de lo que significa la competencia. Rainey, con su técnica impecable, contra Schwantz, el alma libre que vivía para el riesgo. Su rivalidad terminó en una amistad forjada en el dolor, tras el accidente que dejó a Rainey en una silla de ruedas, demostrando que detrás de la rivalidad, hay un respeto profundo.

El motociclismo no es solo una carrera, es una telenovela de alta octanaje donde las rivalidades no solo definen a los pilotos, sino que también nos cuentan la historia del deporte. Aquí, cada curva, cada adelantamiento, es un capítulo de una saga que sigue escribiéndose con cada Gran Premio. Así que la próxima vez que veas un toque, un hachazo, una sacada de pista o meterse en la trazada del rival, no lo tomes como algo sucio, sino como la manera en la que se escribe la leyenda. De hecho, para definir una buena carrera se podría usar la respuesta de Woody Allen a la pregunta de si el sexo era algo sucio: «Solo si se hace bien» dijo. Exactamente igual que las carreras.