El progreso estuvo bien hasta principios de los 80. Desde entonces, ha ido demasiado lejos.

El sonido de un motor de explosión llegó a su cenit en algún momento entre mediados de los 70 y principios de los 80, o más concretamente entre la Benelli Sei y el Ferrari de 12 cilindros en la Fórmula 1. Desde entonces, ha ido en decrescendo hasta casi desaparecer.

Fue un clímax breve e intenso, como todos los clímax dignos, y desde entonces ya nada suena igual, ni nada sonará igual.

El rugido de los motores térmicos está muriendo, no con una serie de pequeñas explosiones al cortar gas, sino en un largo y burocrático bostezo.

El progreso venía en silencio, y por la espalda, como un asesino a sueldo.

Todas las regulaciones impuestas por burócratas que jamás han sentido el placer de amar las motos han hecho su antimagia.

Personas que prefieren una ordeñadora automática a una noche de sexo, porque es más eficiente.

Uno puede encestar el 100 % de los tiros a canasta usando un robot industrial, pero ¿qué clase de partido de baloncesto sería ese?

Han convertido los vehículos en electrodomésticos que cumplen su función sin alma, sin pasión. Una transacción gris. Como una máquina expendedora de desplazamientos. “Su viaje, gracias”.

Ningún grupo ha sido tan perseguido como los que aman los motores.
Ningún amor ha sido tan eficientemente mutilado.

Usa este post como un aviso para que trates de recordar estos sonidos, porque inevitablemente se perderán por la acción del ser humano, como se perdió el arrullo del dodo, el canto del cuco de Madagascar o el gruñido del tigre de Tasmania.

Hay una fosa común donde yacen revueltos los cadáveres de los faros escamoteables, los carburadores, los parachoques cromados y los escapes de alto rendimiento. En ella deberíamos construir un mausoleo, al que podamos volver de vez en cuando a ponerle las flores de nuestra nostalgia.

Una vez, Jeremy Clarkson describió el sonido de un motor como la pelea entre Barry White y Pavarotti por la última porción de pizza. Siento una profunda tristeza solo de imaginar la descripción del sonido de un vehículo eléctrico que tendrán que hacer los probadores de coches del futuro.

Es interesante que “pasión” y “patología” tienen la misma raíz: pathos, una palabra griega que podría traducirse como “sufrimiento”. La adicción a los motores y a la gasolina no es una enfermedad que deba curarse: es una pasión. No necesitamos imitar el sonido de un motor a través del equipo de sonido del coche, como si fuera una metadona administrada por nuestro bien. ¿Qué tipo de persona, en una reunión de ingenieros, pensó que eso era una buena idea?

A nadie se le han erizado los vellos al escuchar el wiiiizzzzzzz de un vehículo eléctrico al pasar, y por eso las carreras de este tipo de vehículos nunca tendrán los seguidores que tienen las carreras de motores térmicos.

El sonido de unos Termignoni, Akrapovic, Remus… los recordaremos como los Stradivarius de los motores. Capaces de sublimar el sonido de una explosión en un cilindro.

Recuerda estos años, porque ya nunca más escucharemos el excitante sonido de un V8 gorgoteando por nuestras calles. Solo nos quedarán los garajes de los aficionados a los clásicos, convertidos en zoológicos tristes, donde unos pocos motores rugirán como ahora lo hacen los tigres enjaulados: gritando que ellos fueron, y siguen siendo, los verdaderos reyes de un asfalto que hoy han conquistado las medusas.