Mugello, domingo de resurrección.
Antes de la carrera, Kenny Roberts sonreía con una tranquilidad llamativa a Rossi, que, también relajadísimo, no parecía que fuera a participar en una carrera que podía decidir el mundial: ni un gesto tenso. Los espectadores más cercanos miraban esa parrilla de salida como queriendo apresar el momento para siempre, como unos turistas japoneses, haciendo capturas de pantalla al parpadear.
Barry Sheene se fumaba un cigarro a través del agujero que le había practicado al casco con la satisfacción de haber tomado «el desayuno de los campeones», que recomendaba el piloto de F1 James Hunt e incluye, además del cruasán, dos rombos.
Pese a la expectación, podríamos decir que la carrera no empezó cuando el semáforo dio la salida, sino cuando Marc Márquez adelantó a los 6 pilotos que salieron delante de él en la primera curva, un adelantamiento tipo mágico que habrá que diseccionar frame a frame tratando de encontrar esa cualidad como de videojuego.
Márquez salió con un pilotaje enérgico. El narrador apenas podía decir los nombres de los pilotos a los que adelantaba por la velocidad que le había imprimido a la carrera; por eso los narradores odian las carreras veloces y prefieren las que un piloto domina de principio a fin. Menos trabajo, por el mismo dinero.
Randy Mamola pasó las primeras vueltas atacando de una forma desordenada, solteril, resacosa… Era un ataque histérico el del tejano, con una presión meritoria pero sin claridad; un pilotaje de riñones, derrengado, de piloto emérito para una carrera homenaje que chocaba contra un Lorenzo que pilota con el martillo y la mantequilla, con una precisión y ritmo que parece una cualidad de videojuego.
Fue alrededor de la octava vuelta cuando Lorenzo se puso a pilotar como los Martinis de James Bond: “agitado y no mezclado”. En tromba. En 5 vueltas hubo una tromba, huracán, aluvión, maremoto, tsunami, vendaval… de motociclismo. Ese motociclismo que solo puede ser descrito así. El ruido entusiasta de la grada impedía que se escuchase al casi histérico locutor del estadio. Se alcanzaba, pues, un estado cercano a la felicidad.
Contestaba a Lorenzo Casey Stoner, con el argumento portentoso de los caballos de su Ducati y con ese estilo suyo de no dejar nunca que su ambición supere a su talento. Un pilotaje, el de Stoner, sin yo, ligero, sencillo, sin complicaciones ni operetas ni espectacularidades. Sin arriesgar más de lo necesario. Tan sencillo que resulta sospechoso.
Ángel Nieto, que buscaba espacios y momentos, no terminaba de estar fino sin que eso importara ya lo más mínimo, porque es un virguero sin misterio, sin capricho, sin ‘curro-romerismo’: si tiene el día, bien, pero si no lo tiene, lo acaba teniendo a partir de la mitad de la carrera. Su musa es la mala leche, la inspiración le pilla trabajando la trazada con su talento y pundonor picassianos, el “ánhe” de Ángel es estajanovista, sus adelantamientos a destajo… Se iba calentando Nieto y, como por ósmosis, también la carrera.
El hueco lo aprovechó Agostini, que adelantó a los dos siguientes pilotos como las cornadas, con dos trayectorias. A uno lo adelantó por la derecha y al siguiente lo pasó por la izquierda. Se fue yendo por ese lado, abriendo, rasgando a los pilotos a los que se acercaba, encontrando espacios que se abrían de la nada, como posibilidades doradas, ilusionantes, que llenaban de emoción a los espectadores, que recordarán esta carrera como un primer beso o una notificación de Hacienda.
Unas vueltas más tarde, entre las curvas de Luco y Poggio Seco, hubo un adelantamiento de Dani Pedrosa a Giacomo Agostini que se sintió como algo más que un gesto técnico. En ese adelantamiento se sintió un ¡oh! de la grada Tifossi sofocado. Se escuchó. Lo noté. Hubo un ooooh admirativo que los aficionados italianos empezaron a emitir pero abortaron y quedó como una especie de gemido doloroso, como un retortijón, como un gruñido, como un dolorcito. El adelantamiento de Dani a Giacomo dejó al tiffosismo en su lugar de finales de los 80 y principios de los 90. Fue como un capón generacional, pero silencioso, irreprochable. No sonó y fue casi peor. Eso no podía pitarse, tampoco podían aplaudirlo, pero fue un gesto en sí mismo “desfanatizador”.
Mientras tanto, como un enlace entre el primer grupo de pilotos y el pelotón, iba Kevin Schwantz añadiendo rondas de escalofríos por la grada en cada frenada. Kevin ve más a Dios que el propio Papa.
En la parte de atrás, la carrera no era el tobogán épico de los primeros puestos, sino un alegre combate de corchopán, donde lo más interesante fue la espectacular salvada de Randy Mamola al estilo rodeo, que acabó con la merecidísima ovación de la grada.
Rossi es previsible como un convenio y no se dejaba amedrentar; esperó al lugar menos adecuado para hacerle un adelantamiento por la arena del sacacorchos a Stoner, que más que un adelantamiento fue una performance o un acto-protesta. 14 pasadas se habían hecho entre ellos antes de ese adelantamiento, incluso con toques del carenado, y que dejó a Stoner como un champán abierto hacía días, sin gas, como un Gibernau.
Pero aunque el duelo entre Rossi y Stoner era activo, inquieto y enérgico, el peligro real, el peligro hitchcockiano, se intuía en Marc Márquez con otra serie de adelantamientos que eliminaba rivales como una bola de bolos despeja el fondo del pasillo.
Marc era el gran silbado en la grada italiana. La potencia sonora de Mugello, que es mucha, se concentró en él y cayó como un vórtice físico, como un gran chaparrón metálico sobre el de Cervera. Se vio ahí, medida por decibelios, su importancia como némesis de Valentino: a la altura de Biaggi y Lorenzo. Podemos medir así “científicamente”, su peso en la historia. Lo que Márquez le ha hecho a los Tifossi de Rossi tendrá un efecto que la sanidad pública italiana deberá evaluar.
Sic, que había pasado la carrera hasta la vuelta 15 discreto, como un participante en el plan de protección de testigos, intentó enganchar la cabeza de carrera interpretando las posibilidades subterráneas del reglamento, arreglándoselas para adelantar siempre en su estilo “barely legal” que tanto gusta a sus compatriotas, difuminando la diferencia entre los pilotos italianos y la selección italiana de fútbol, o incluso de rugby. Los adelantamientos de Simoncelli son como la CIA de las carreras, que con el tiempo permitirá dos historias: la oficial y la pendiente de desclasificar.
No hubo ni un amago de tacticismo entre los pilotos, que seca las carreras y que los directores de las escuderías cloroformizan quitando el azar alegre de competición, y en todo momento las estrellas, a las que damos gracias por poder presenciarlas, intentaron la victoria sin otro plan B, y eso hay que agradecérselo como se agradece la sonrisa cómplice de la guapa del barrio.
Fue entonces cuando Marc se puso al rebufo de Doohan. No pude ver la expresión de su cara al darse cuenta de que tenía a Márquez pegado a su rueda, pero le imagino con esa cara de cuando uno de los malos que atacaba en grupo se queda solo ante Bruce Lee. Antes que pronto, Marc le hizo un interior imposible al australiano en Bucine, que me hizo pensar que Márquez es como un torero que dominase todos los pases, enciclopedia de las formas del adelantamiento que amplía porque está innovando él mismo, algo así como Blanche Devereaux la mujer sexy de Las chicas de oro, que no permitía terminar el Kamasutra porque no dejaba de inventar nuevas posturas.
Para cualquier piloto eso sería la carrera de la década, pero Lorenzo alargó el final con un sentido del espectáculo que antes buscábamos en la NBA, o los Juegos Olímpicos. Cuando la fiesta acaba para muchos, empieza para él, que produce, no sabemos cómo, unas apoteosis en las que no te puedes levantar porque corona la película en los créditos.
A una vuelta del final hubo una invasión de pista, en un remake a la italiana de la invasión del circuito en Jerez entre Peluqui y Ángel Nieto (curioso lo de poner nombre a una curva de un piloto en activo). Aprovechó Lorenzo para adelantar a un Márquez confundido, como un Crivillé, en la última curva, en la última vuelta, cuando ya casi nadie lo esperaba, sacando 69 milésimas de ventaja al segundo.
Los pilotos españoles hacen magia con nosotros. Nosotros, unos tristes, en un país que da penita verlo, lleno de gente que es como es, como somos, y las carreras sacan de ahí una cosa inaudita. Toda la vulgaridad queda transmutada en maravilla. Tres de tres. Campeones en todas las categorías otra vez. Recordemos esta carrera con 157 adelantamientos, y recordemos este año como recordaremos el 2014, el 2013 y el 2010 cuando nuestros pilotos quedaron, también, campeones de todas las categorías.
Quedó el primero en esta carrera Lorenzo, pero ganamos todos por haber presenciado la mejor carrera de la historia moderna del motociclismo.
*El texto reinterpreta algunos de los momentos más épicos de la historia reciente del motociclismo, y por lo tanto, cualquier parecido con la realidad no es una coincidencia
