Mi abuela es una motocicleta que participó por Hitler en el Tourist Trophy.

Un contrafactual es algo extraño. De hecho, es algo tan extraño como su propia palabra (¿cuántas veces la usa una persona media a lo largo de su vida? Aproximadamente, ninguna).

Contrafactual significa literalmente contra los hechos”.

Y en la ciencia formal de la Lógica, es un hecho o situación que no ha ocurrido en nuestro universo observable, pero que podría haber ocurrido. Y que podría haber dado lugar a un universo distinto, en el que esa posibilidad sería una realidad.

Los contrafactuales son abundantes en la literatura, en el cine e, incluso, en la vida diaria. Sólo que, en este último caso, cuando los usamos no somos conscientes de estar creando un contrafactual, del mismo modo que cuando un político habla no es consciente de estar creando una falacia (o en realidad sí, pero le da igual, porque conviene a sus intereses).

Y tras esta breve introducción teórica, pasemos a los ejemplos prácticos, que siempre resultan más útiles para aclarar las cosas.

Uno de los contrafactuales más recurrentes en diferentes idiomas es Si mi abuela tuviera ruedas, sería una motocicleta”.

(Esta frase se emplea con distintas variedades de terminación, desde sería una bicicleta” hasta sería un coche”. Y su origen más remoto localizado se encuentra en un proverbio yiddish de hace más de un siglo con la terminación sería una carreta”. Terminación que, por cierto, es la que usa el personaje Scotty al decir la frase en la película de 1984 Star Trek III: En busca de Spock).

Obviamente, esa abuela podría en ese universo ser una motocicleta. Pero algo nos dice que no sería una motocicleta precisamente veloz.

Los contrafactuales son habituales en la creación artística. Y han dado lugar a tramas de novelas y a argumentos de películas.

En Tiempos de arroz y de sal, de Kim Stanley Robinson, el mundo se lo disputan musulmanes y chinos tras haber acabado la peste negra con toda la población europea (en vez del tercio de europeos con los que realmente acabó).

En Crónicas de la serpiente emplumada, de Edgardo Civallero, Colón naufraga y muere volviendo de América, nunca se conoce su descubrimiento y en 1521 una inmensa flota de barcos de indígenas americanos llega a Cádiz para conquistar Europa.

En Ada o el ardor, Vladimir Nabokov, a quien presumiblemente debió de parecerle poco el escándalo que armó con la publicación de Lolita, decide seguir en esa línea narrando una relación incestuosa entre dos hermanos en unos Estados Unidos que habían sido conquistados por la Rusia de los zares.

En La conjura contra América de Philip Roth, Roosevelt pierde las elecciones de 1940 frente al famoso aviador Charles Lindbergh, quien, siguiendo las ideas que el auténtico Lindbergh expresó en vida, moldea unos Estados Unidos antisemitas.

En su thriller policiaco titulado Patria, Robert Harris crea las andanzas de un detective de las SS que en 1964 investiga un asesinato durante las celebraciones del 75º cumpleaños de Adolf Hitler en un mundo en el que Alemania ganó la II Guerra Mundial.

Y siguiendo el hilo de la Alemania nazi, llegamos a un contrafactual novelesco en el que participan motocicletas de manera sustancial.

En su reciente obra Kompressor, Timothy Carl recrea a un Adolf Hitler que, para demostrar la superioridad de la raza aria, envía en 1939 a los dos mejores pilotos alemanes a ganar el mítico Tourist Trophy que se celebra anualmente en la británica Isla de Man. Los manda con dos BMW RS 255 Kompressor, las motos más rápidas del momento, para lograr el objetivo específico expresado por Hitler de que Un alemán debe ganar en la Isla de Man con una máquina alemana”.

Los contrafactuales nos permiten fantasear qué habrían sido las SS nazis sin el uso de las motocicletas que la poderosa industria alemana puso a su disposición.