Hay cosas que no se pueden explicar racionalmente y aun así se hacen, como pedir el postre cuando ya estás lleno, como montar en moto. Nadie con dos dedos de frente y acceso a un coche debería subirse a una moto. Es un argumento que no tiene fisuras: eres más vulnerable, más lento en distancias largas, más idiota si llueve, más incómodo sistemáticamente en una lista de parámetros que incluye el frío, el calor, el ruido del aire golpeándote el casco como si alguien te pusiera un secador industrial en la cabeza durante horas, la imposibilidad de hablar con tu acompañante (que va detrás porque te quiere, no porque le apetezca) y la certeza matemática de que si algo sale mal, el asfalto gana. Siempre gana el asfalto.
Y sin embargo.
Sin embargo hay algo que pasa cuando abres gas en una recta y el mundo se ordena de una manera que no tiene equivalente en ningún vehículo con más de dos ruedas. No es velocidad, exactamente. Es más parecido a una especie de claridad forzada, la que te da el peligro cuando no es tan peligro como para matarte pero sí suficiente como para pedirte toda tu atención. En un coche puedes ir pensando en la hipoteca, en el correo que no contestaste, en si dijiste algo raro en la reunión del martes. En moto no. En moto solo hay moto, y tú, y los coches que no te ven, que le da un extra de emoción al todo el asunto.
La revelación no es heroica. Un martes de octubre, en un semáforo en rojo en la M-30, con las manos entumecidas dentro de unos guantes que no eran lo bastante buenos para el frío que hacía, pensé que no cambiaría aquello por nada. Por nada en concreto. Por el coche caliente que tenía aparcado en casa, por el silencio, por la comodidad. Y entendí que la moto no es un medio de transporte con defectos. Es un defecto que te transporta. Y que hay gente, entre la que me cuento sin argumentos a favor, para la que eso es suficiente.
