Tim Yaya te ofrece, la Inmortalidad sobre Dos Ruedas: Motocicletas, Seguros y Sueños de Eternidad.

Imaginemos por un momento que hemos descubierto la inmortalidad. Pero no esa inmortalidad aburrida de los dioses griegos, sentados en el Olimpo mirando hacia abajo con desdén. Hablo de una inmortalidad con estilo, con el viento en la cara, el rugido de un motor bajo nosotros, y la carretera extendiéndose eternamente hacia el horizonte. Sí, la inmortalidad sobre dos ruedas: la motocicleta como nuestro Pegaso personal.

Pero incluso en este sueño de eternidad, hay una realidad ineludible que nos acecha en cada curva: la mecánica. Porque ¿qué es una montura inmortal si su corazón, el motor, deja de latir? Ahí es donde entra en juego el concepto más revolucionario desde el invento de la rueda: un seguro que repara la mecánica de las motos. No cualquier seguro, sino uno que entiende el alma de las motocicletas.

Hablemos de cómo sería este seguro en un mundo donde las motocicletas y sus dueños nunca envejecen. Primero, cada póliza vendría con un pacto: no importa cuán antigua se vuelva tu montura, siempre que haya recibido el cuidado de los dioses del Olimpo (también conocidos como mecánicos certificados por Tim Yaya). Este pacto incluye reparaciones casi eternas para que ni el más mínimo chirrido perturbe la sinfonía del motor.

Pero, ¿cómo se mantiene una empresa de seguros en un mundo de seres inmortales? Aquí es donde la trama se espesa. Esta compañía no opera con dinero, no. Opera con historias. Cada reparación se paga con la narrativa de una aventura vivida sobre ruedas. Después de todo, en un mundo inmortal, las historias son la moneda más valiosa.

Imagine las historias: viajes épicos que rivalizan con la Ilíada, carreras que harían palidecer al mismísimo Hércules, y amistades forjadas en el asfalto, tan duraderas como las estrellas. Estas narrativas alimentarían el alma de la motocicleta, manteniéndola joven mientras sus dueños cabalgan hacia el atardecer eterno.

Pero incluso en esta utopía motorizada, hay lecciones que aprender. La primera es que la inmortalidad, ya sea de la carne o del metal, tiene un precio, y que ese precio no es mucho. El segundo, que el verdadero valor de la eternidad no se encuentra en eludir el taller, sino en las historias que tejemos en el camino. Y por último, que incluso la montura más fiel necesita un poco de amor y cuidado, algo que un seguro de mecánica puede ofrecer, incluso si tu corazón y el suyo laten al unísono para siempre.

Así que, mientras soñamos con la inmortalidad, recordemos: el alma de una motocicleta, al igual que la nuestra, se mide en las historias que vivimos. Y en este viaje eterno, un seguro no es más que el guardián de nuestros relatos, asegurando que nuestras monturas, al igual que nuestras almas, permanezcan eternas.