La moto más lenta del pueblo

Hay un tipo de sabiduría que en el norte llaman conformismo y en el Mediterráneo tienen la decencia de no llamar de ninguna manera porque tampoco merece la pena dedicarle mucho tiempo a eso. El viejo, que podría tener sesenta y cinco o setenta y ocho, porque en los pueblos de costa la edad de los hombres se vuelve un dato irrelevante, lleva más de 30 años aparcando su GAC delante del mercado municipal los martes y los viernes. La moto tiene una abolladura en el lado derecho del depósito de cuando su nieto intentó montarse sin avisar, y el espejo retrovisor izquierdo está girado hacia dentro porque la calle donde vive tiene exactamente cuarenta centímetros menos de lo que debería tener. Podría comprarse una R7. Podría comprarse varias. Pero entonces tendría que ponerse un traje de cuero, y con un traje de cuero no puedes sentarte en la terraza a las once y media a tomarte un cortado y a perder a las cartas con hombres que llevan toda la vida ganando y perdiendo a las cartas y a la vida.

Hay una coherencia interna en la vida lenta que no admite incongruencias, y una moto deportiva es, en Barbate fundamentalmente, una incongruencia. No porque sea cara o peligrosa o inadecuada para el asfalto de costa lleno de rotondas con palmeras, que también, sino porque su naturaleza entera está construida sobre una premisa que el Mediterráneo lleva milenios ignorando con perfecta elegancia: que el objetivo de salir de cualquier sitio es llegar antes a otro. Una Yamaha R7 te convierte, de manera automática e irreversible, en alguien que tiene sitios adonde ir. Y si tienes sitios adonde ir no puedes pararte a charlar con el pescadero sobre si este año los boquerones valen algo o si están viniendo aguacheitados como el año pasado.

Yo no soy él. Yo tengo cuarenta y pocos años y una VespaGT que compré hace tres porque era práctica y porque en el momento de comprarla me convencí a mí mismo de que «práctica» era exactamente lo que yo buscaba, que no tenía nada que ver con que la moto que de verdad quería me diera un poco de vértigo en la curva de salida. Pero lo que he aprendido en estos tres años, y esto lo digo con la solemnidad de alguien que ha llegado a esta conclusión mientras esperaba que le tocara el turno en la pescadería, es que la moto que tienes debería ser coherente con la vida que tienes, no con la vida que fantaseas tener cuando estás aburrido un martes por la tarde viendo vídeos de onboard en YouTube.

La trampa de la moto grande es la misma trampa de la vida grande: que parece que te falta algo hasta que la tienes, y entonces resulta que lo que te faltaba era un sitio donde guardarla y dinero para el seguro. Y que además ahora tienes que salir los fines de semana en grupo con gente que tiene la misma moto y hacer rutas con nombre, y publicar fotos en Instagram con hashtags relacionados con la libertad, que es exactamente lo contrario de la libertad. El viejo no tiene Instagram. Tiene una silla en la terraza que, sin que nadie lo haya decretado formalmente, es su silla, y eso en términos de arraigo territorial vale más que el padrón municipal.

Hay una versión de mí mismo, la versión que a los veinte años hubiera necesitado escuchar esto para no hacerle caso de todas formas, que cree que elegir la moto pequeña es rendirse. Que es admitir que ya no eres el tipo que adelanta por la derecha en la autopista y llega diez minutos antes a ningún sitio importante. Y tiene razón, claro. Eso es exactamente lo que es. La pregunta es si «rendirse» es el nombre correcto para algo que haces de manera deliberada, con la información que te da la vida, un martes de abril mientras apareas la moto entre dos coches con el aparcamiento lleno y piensas que menos mal que la moto es pequeña.

El viejo saluda al pasar. Lleva una bolsa de plástico con pan, aceite de oliva y tomates y algo que parece una botella de vino. Va a 37 por hora y curiosamente, el tipo de vida rápida que le persigue, no es capaz de atraparlo.