Que no digan que te falta valor

Cualquier razón es buena para largarse, para dejarlo todo al grito de: ¡A la mierda! Existen infinitos motivos pero Alan Kempster encontró uno de los buenos, había perdido la pierna y el brazo derechos en un accidente causado por un camionero borracho. Allí mismo, podía haber dejado plantado su sueño de hacerse piloto de un portazo y nadie se hubiera atrevido a reprocharle nada.

Y sin embargo no lo hizo, o lo hizo a medias, huyó a lo road movie” pero dando vueltas a un circuito haciéndose piloto profesional. Y es que a veces las hostias que te da la vida no hacen sino desbrozar el camino.

Alan se reveló así como el tipo de machote que no espera que las desgracias se las resuelva un Supermán sino que decide convertirse él mismo en uno para solventarlas.

Con el paso de los meses, se recuperó de sus heridas y encontró en el deporte la razón para seguir adelante. Consciente de sus limitaciones como piloto, comenzó a practicar esquí acuático adaptado y descubrió que no se le daba nada mal: llegó a ser campeón del mundo de la especialidad. Tres veces. Y de nuevo, una excusa tentadora que le proporcionaba una coartada a la rata que todos llevamos dentro para abandonar el barco. Y de nuevo la dejó pasar.

A los 48 años se convirtió en piloto profesional, corriendo en la Fórmula 400 australiana con una moto modificada. Con la pierna izquierda controlaba el cambio y el freno trasero, con la mano izquierda, el acelerador, el embrague y el freno delantero. El valor siempre firme en la entrepierna. No tuvo más remedio que ganar la carrera.

Kempster se convirtió en una especie de protagonista del cuento de El nuevo traje del emperador” de Andersen pero a la inversa: enseguida se daba uno cuenta de lo mucho que había tras ese vacío. Llevó con entereza el dorsal 1/2”, lo que le valió el sobrenombre de ‘Half Man’ (‘Medio Hombre).

Era habitual verlo bromear en los circuitos a cuenta de su condición física. En una ocasión, le preguntaron si no tenía miedo de caerse y hacerse aún más daño. Su respuesta fue brillante: «¿Más daño? Al contrario, tengo la mitad de posibilidades que el resto de lesionarme”.

Ser un piloto profesional al que le falta la mitad del cuerpo da para muchas anécdotas y el australiano las explotó todas. En una ocasión, durante la World Bridgestone Cup, en Mugello (Italia), lo hospedaron en un primer piso sin ascensor. Le preguntaron si tenía algún inconveniente y él respondió con una sonrisa: ningún problema, solo necesito una caja de cervezas”. Y se fue dando saltos a la pata coja. Debió de ser una de las mejores salidas de escena de la historia.

Años más tarde “Medio hombre” El Blas de Lezo de los circuitos, decidió prepararse para lograr otro de los sueños que le quedaban pendientes: competir en la carrera más peligrosa del mundo, el Tourist Trophy de la Isla de Man, un circuito que se ha cobrado la vida de más de 250 pilotos. Nunca llegó a conseguirlo y esta vez no le quedó más remedio que largarse sin conseguir su objetivo. Murió mientras dormía. De muerte natural, con 56 años.

Hay algo irónico en no poder cumplir tu sueño porque te mueres mientras estás durmiendo, pero al menos nadie te puede decir que abandonas porque no tienes valor.